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- Primavera cubana

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El tema, por supuesto, trasciende las cuestiones astronómicas. De hecho, la llovizna pertinaz con que La Habana recibió, el domingo, al primer presidente de los Estados Unidos que pisó territorio cubano en 88 años —el anterior fue Calvin Coolidge, en 1928— fue, según los entendidos, un tanto atípica para esta época del año... Sin embargo, esta vez no hubo margen para que los habaneros, tan proclives a las chanzas políticas, atribuyeran el “mal tiempo” (también ellos, como los tapatíos, califican así a los días lluviosos) a algún ciclón que desde la península de Florida les hiciera llegar sus coletazos, para incorporar, socarrones, la obligada moraleja de la historia:

– ¡Es que todas nuestras desgracias nos llegan del Norte, Chico…!

-II-

Cuando Obama, ayer, en el Palacio de la Revolución, aseveró que “el embargo va a terminar” —en alusión a una resolución del Congreso norteamericano que pretende sitiar a Cuba rompiendo los nexos comerciales con los países que de manera abierta propicien el acceso de vituallas, energéticos y recursos económicos a la isla—, pero no acertó a especificar cuándo, lo hizo a sabiendas de que la realidad política de su país es muy diferente, por ejemplo, a la de México. Aquí, tradicionalmente, las hojas de los árboles se mueven o dejan de moverse conforme a la soberana y omnímoda voluntad de “El Señor Presidente”. En Estados Unidos, para que el Congreso en pleno modifique una norma, ni siquiera basta con que una mayoría del mismo simpatice con la voluntad del presidente, como pudiera suceder en la próxima administración si de las elecciones de noviembre venidero resulta una presencia mayoritaria de representantes demócratas: faltaría, además, que el consenso en el Congreso se diera por convicción de sus miembros —a conciencia, pues—, al margen de la línea que de alguna manera pudiera marcar el titular del Poder Ejecutivo.

-III-

El esperanzador augurio de  Obama, en todo caso, surge de la convicción de que ya fue suficiente con más de medio siglo de obcecación en posiciones doctrinarias, y de que aun para los más recalcitrantes dogmáticos del comunismo que aún quedan, es más estimulante afanarse —utilizando la metáfora que se ha vuelto un tópico en la visita de Obama a La Habana— en reconstruir puentes entre los ciudadanos de los dos países, que refocilarse en la contemplación de las ruinas de los que algunos de sus gobernantes (accidentes de la historia al final de cuentas) se empecinaron en demoler.

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