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Domingo, 20 de Enero 2019

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- Los muertos

Por: Jaime García Elías

- Los muertos

- Los muertos

La muerte, como abstracción, y los muertos, con nombre y apellido, pueden ser, en México, motivos de chanza. Los chistes “de mexicanos”, eran tópicos para los europeos…

--El que va allá es mi padre.

--¿Cuál de los dos?

--El que va a caballo.

--¿Cuál de los dos?

--El de sombrero.

--¿Cuál de los dos?

¡Bang, bang…!

--El difunto.

La burla, el desprecio, la familiaridad del mexicano con respecto a la muerte, se interpreta como parte del foklore: el Día de Muertos, la Noche de Muertos, el Pan de Muerto, los Altares de Muerto, las Calaveritas de azúcar… La concepción de la muerte, el concepto de la inmortalidad del alma y la existencia de un inframundo en la cultura precolombina, forman parte de una cosmogonía que los conquistadores, retocándola, cristianizaron.

*

Otra cosa, sin embargo, son los muertos de Ayotzinapa que, desde hace casi un mes, han puesto a México en la platina del microscopio. No es lo mismo la amenaza que significa la irrupción y gradual propagación de un virus mortal, como el ébola, o un conflicto socio-político como el que se vive en el Medio Oriente, que los muertos de las últimas semanas en el Estado de Guerrero: primero, el desprecio a la vida y a los derechos humanos más elementales; la desaparición y probable asesinato —masivo y sumario— de 43 estudiantes que planeaban manifestarse en un aniversario más de la matanza de 1968; después, el hallazgo de 28 cadáveres en una fosa común. Uno y otro son sucesos aterradores. La declaración oficial de que los restos encontrados no corresponden a las identidades de los estudiantes desaparecidos, lejos de constituir un alivio, entraña un agravante: ya no son 43 los desaparecidos: son, el menos, 71; ¿a quiénes corresponden, entonces, los restos de las 28 personas encontradas?; ¿en qué circunstancias desaparecieron…?

*

Convertir la proclama de que “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” en una exigencia que se replica incesantemente en las manifestaciones y que se plasma en los grafitti que los manifestantes dejan en pisos y aun en fachadas de edificios públicos, no pasa de ser un desahogo verbal; un buen deseo, en el mejor de los casos. Exigir imposibles —valga el axioma perogrullesco— es propio de necios. Responder, como ha hecho hasta ahora la autoridad, con sanciones simbólicas a los mandos locales o con la amenaza de sanciones mayores al desaparecido alcalde de Iguala, equivale al señalamiento de chivos expiatorios: una fórmula eficaz para paliar la impunidad; no para dar con la verdad… ni, mucho menos, para hacer justicia.

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