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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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- Eso ofende

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Mal se había difundido el informe anual del –prestigioso, según dicen los entendidos– International Institute for Strategic Studies (IISS, por sus siglas en inglés) de Londres, en el sentido de que México, después de Siria, fue el segundo país más violento del mundo en 2016, cuando, desde las esferas oficiales, hubo reacciones. De malestar algunas; de franca indignación otras…

-II-

Cualquiera calificaría de legítimas dichas reacciones. Una información de esa naturaleza no podía dejar impávidos a los gobernantes del país. Sería tan imperdonable como que –pongamos por caso– los resultados, anormales, de una batería de exámenes médicos (de colesterol y triglicéridos, por ejemplo) dejaran impertérrito al paciente. Si, en el caso, el reporte referido demuestra que los niveles de violencia en el país permiten hacer extensivo a todo el país, en pleno siglo XXI, lo que las coplas de José Alfredo Jiménez, en otro tiempo, limitaban al Estado de Guanajuato (“No vale nada la vida; la vida no vale nada”), se comprende que los responsables de hacer cumplir las normas de convivencia social en el país se espanten ante el alarmante reporte.

-III-

Lo curioso, sin embargo, fue que la indignación tenía poco que ver con el informe mismo. El enojo, se aclaró enseguida, aludía a la metodología… “poco convincente” desde la perspectiva de quienes la objetaron de inmediato. Siria –aducen– está atrapada en un cruento conflicto sociopolítico; en una guerra civil, prácticamente. A México –añaden– se le pone a la par, no tanto por las acciones que el Gobierno encabezado por Felipe Calderón emprendió contra el narcotráfico, sino porque el mismo quiso enfatizar la enjundia con que había decidido realizarlas, hablando de una “guerra”. Así, como hay indicios de que en Iraq, Afganistán, Venezuela, Brasil y algunos países de América Central el índice de muertes violentas por cada cien mil habitantes –para no cometer el error de utilizar números absolutos– es superior al que se registra en México, la conclusión sería que México, después de todo, no está tan mal como una lectura simplista del reporte invitaría a suponer.

La violencia campea por el país. Las ejecuciones extrajudiciales son el pan nuestro de cada día. La corrupción de la clase gobernante, ídem. La impunidad, la característica más acentuada de la pretendida administración de la justicia… Pero que por ahí se ande diciendo que México es el segundo país más violento del mundo –siendo, cuando mucho, el décimo– indigna, escandaliza y ofende.

No faltaba más…

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