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Domingo, 20 de Enero 2019

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- Domingueras

Por: Jaime García Elías

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Los discursos, como las cartas, son, en estos tiempos de redes sociales, correos electrónicos, mensajes de texto, similares, conexos y derivados, no sólo géneros literarios en desuso sino formas de expresión que, tras haber vivido tiempos de esplendor, parecen encaminarse, a paso raudo, fatalmente, hacia la extinción. Tiempos vendrán, probablemente, en que sean piezas de museo; objetos de estudio de arqueólogos,  antropólogos y demás fauna científica; simples curiosidades, en fin,  atractivas, si acaso, para los amantes de antigüedades y añoranzas.

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Este domingo, sin embargo, fue un buen día para las piezas oratorias. Había un par de buenos motivos para ello. El primero, el XLVIII aniversario de la masacre de Tlatelolco. El segundo, la inauguración de la XLIV edición del Festival Cervantino de Guanajuato… Y aunque cualquiera pensaría que se trata de dos eventos absolutamente disímbolos —la conmemoración de una tragedia y el inicio de una fiesta de la cultura—, los oradores, quizá sin proponérselo, hablaron —cada cual a su modo— de lo mismo…

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En la Ciudad de México, siete mil personas —según las notas periodísticas—desfilaron desde la emblemática Plaza de las Tres Culturas hasta el Zócalo. Ahí, Félix Hernández Gamundi, líder del Comité ’68, habló de que, más allá del buen deseo de aprender las lecciones de la historia para no tener que repetirlas, dolorosamente, la impunidad que quedó como la más funesta cicatriz de aquella herida, el episodio, con mínimas diferencias de matiz, se ha replicado en Acteal, Aguas Blancas, Cocula (el caso Ayotzinapa), Tanhuato, Nochixtlán… y probablemente Jamay, La Barca y algunas otras poblaciones ribereñas del Bajo Lerma.

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En Guanajuato, en el discurso inaugural del Cervantino, Jorge Volpi, con galanura ad hoc, obsequió a la memoria del Manco de Lepanto a cuyo espíritu se dedica, desde sus orígenes, el festival, una síntesis de “lo ocurrido en estas tierras a lo largo de las cuatro malhadadas centurias que han corrido desde sus exequias”. Un fragmento de la misma: “la América mexicana se separó de la Corona, se desgajó en inútiles e interminables reyertas fratricidas, perdió más de la mitad de su vasto territorio, fue invadida por un príncipe extranjero y mal gobernada por una larga caterva de tiranos nacionales, hasta llegar a estos aciagos tiempos en que (…) el país aún pena y se marchita entre porfiados crímenes nunca castigados, incontables asaltos a la hacienda pública y la sensación de que hemos desaprovechado todas las oportunidades y riquezas que nos brindó Fortuna…”

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Unas, las de Hernández Gamundi, muy sentidas. Otras, las de Volpi, además, muy bellas. Unas y otras, al final del cuento, palabras que repetirán los ecos… y terminarán por arrastrar los vientos.

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