Jueves, 13 de Mayo 2021

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- Desencanto

Por: Jaime García Elías

- Desencanto

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¿Cómo decírselo al Presidente Enrique Peña Nieto con la certeza de que no va a ofenderse o molestarse, ni, mucho menos, a tomarlo como algo personal…?

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-II-

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Al inaugurar, el viernes pasado, la LXXII asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, consciente de que foros de esa índole son propicios para ganar reflectores y para acrecentar –cuando se tiene— el prestigio de los buenos oradores, Peña Nieto habló de “el desencanto sobre la democracia” y “el pesimismo sobre el futuro”, que “sabemos –dijo— existe en muchas sociedades”.

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Aunque no puntualizó que fuera el caso, cabe suponer que Peña Nieto no tuviera la intención de convertir su pieza retórica en un ejercicio teórico en torno a una abstracción químicamente pura como la democracia. Pudiera ser, pues, que cuando dijo que “la insatisfacción con la democracia suele ser tierra fértil para la demagogia” y abrir la puerta a “soluciones mágicas o promesas irrealizables”, estuviera pensando en realidades recientes –y aun rabiosamente actuales— que se viven en México. Pudiera ser…

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-III-

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La democracia, en México, dejó de ser mero enunciado de buenas intenciones (“Sufragio efectivo…”, etc.) para convertirse en realidad, apenas a finales del Siglo XX. En las más de siete décadas de “dictadura perfecta” (Vargas Llosa dixit) precedentes, las triquiñuelas –sutiles algunas, burdas las más— de que se valió el partido hasta entonces hegemónico para acaparar el ejercicio de la función pública en beneficio de los más picudos –valga el mexicanismo— “soldados de la Revolución”, forman parte de los anales de la picardía mexicana. A partir de que las reformas a la Ley Electoral dieron la garantía razonable de que todos los votos, en efecto, serían respetados, la frustración de los electores ya no obedecía a la imposición de candidatos indeseables, sino a la dolorosa comprobación de que los aspirantes a los cargos públicos seguían siendo, vía de regla, oportunistas, embaucadores profesionales, vendedores de versos; vividores de la política, en fin, de la misma ralea (hechos del mismo barro, al final de cuentas) que sus antecesores. De que el buen deseo, plasmado en promesas que se repiten cada tres o cada seis años, según sea el caso, de que quienes reciben de los ciudadanos la honrosa encomienda de gobernar incluyeran la ética, la austeridad, la honradez y la preocupación por el bien común entre sus prioridades, seguía siendo burlado sistemáticamente por una gavilla de parásitos rapaces e insaciables.

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-IV-

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El caso –y eso es lo que hay que hacerle entender, sin que se ofenda, al Presidente Peña Nieto— es que el desencanto de los mexicanos era (y sigue siendo…), con sus gobernantes. De ninguna manera –que quede bien claro— con  la democracia.

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