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Sábado, 19 de Octubre 2019
Ideas |

- Damnificados

Por: Jaime García Elías

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El enemigo, esta vez, atacó de noche. Por la espalda. A mansalva. Cuando nadie lo esperaba. Cuando —literalmente— la ciudad dormía.

Muchos despertaron porque oyeron que llovía con singular intensidad. Otros porque percibieron el olor pestilente, “a caño”, o el ruido del agua que salía a borbotones de alcantarillas y resumideros. Unos más porque oyeron que la corriente arrastraba a los automóviles que se quedaron estacionados en la acera.

Cuando sonaron los despertadores, muchos de sus dueños ya estaban en pie, lamentando, dando cuenta o haciendo el inventario de los daños. Se habían enterado, a la distancia, de huracanes y fenómenos similares que habían dejado damnificados en Baja California. “¡Pobres...!”. Habían contribuido con alguna bolsa de arroz o de frijoles y una botella de aceite “para los damnificados”.

-II-

Ahora —ironías de la vida— los damnificados eran ellos. Los muebles se habían dañado. Los pisos y las paredes de la casa, ídem. Centenares de vehículos —alrededor de 500, según el recuento oficial de las autoridades de Protección Civil— sufrieron severos desperfectos. Durante las primeras horas de la mañana hubo múltiples reportes de “zonas inundadas” por la tormenta. En varias colonias el agua rebasó el metro de altura. Tlaquepaque y El Salto fueron los municipios conurbados, después de Guadalajara, más afectados por el fenómeno. El número de accidentes matutinos que de ordinario se producen, se multiplicó porque el pavimento quedó más resbaladizo que de costumbre. En varias escuelas, que quedaron intransitables, se suspendieron las clases. Los colapsos viales (acrecentados por las obras públicas que se realizan en distintos puntos de la ciudad), por lo consiguiente. Las autoridades hacían declaraciones en que subrayaban —como si fuera un consuelo— que se trató de “la tormenta más intensa del presente temporal en Guadalajara y sus alrededores”.

-III-

Algún día —dentro de 100 años, quizá— los tapatíos del futuro, hurgando en las hemerotecas, encontrarán el periódico de hoy: este que tiene usted ante sus ojos, lector amable. Y es probable que esbocen una sonrisa socarrona, asombrados de que sus abuelos y tatarabuelos —ahora nosotros—, más cavernícolas que civilizados, por lo menos en ese aspecto, fueran (es decir: “fuéramos”) incapaces de entender que no había necesidad de hacer tantos esfuerzos y tantos gastos en obras faraónicas destinadas a traer el agua que requieren los habitantes del monstruo urbano en que les tocó vivir... cuando la naturaleza se encargaba, ya desde entonces, de hacerla bajar del cielo.
 

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