Domingo, 16 de Mayo 2021

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- Contrición

Por: Jaime García Elías

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En concordancia con una de las frases que más contribuyeron, al inicio de su pontificado, a trazar el perfil sicológico del Papa Francisco (“¿Y quién soy yo para juzgar a los homosexuales…?”), y probablemente también con las primeras declaraciones del flamante Nuncio Apostólico en México, Franco Coppola, la semana pasada, a propósito de la polémica que ocasionó la fallida iniciativa del Presidente Peña Nieto en pro de los “matrimonios igualitarios” (“Puedo responder con la doctrina de la Iglesia…. pero no es una respuesta que como pastor deba dar”), el cardenal arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera, movió pieza…

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-II-

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Si la Iglesia Católica, como institución, ha tratado, modernamente, de mantener una posición equilibrada, caritativa, comprensiva —cristiana, en una palabra— con respecto a la homosexualidad (entendida, diccionario en mano, como “inclinación hacia la relación erótica con individuos del mismo sexo”), no pocos obispos, incluso algún cardenal “de cuyo nombre…”, etc.,  contraviniendo tanto el mandamiento de “amar al prójimo como a ti mismo” como la máxima que demanda “aversión al pecado, misericordia hacia el pecador”, han sido inclementes, brutales, inmisericordes en sus expresiones no sólo de condena sino incluso de burla o desprecio hacia los homosexuales.

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Rivera Carrera, en la misa del domingo, en una especie de ajuste de cuentas consigo mismo, pidió perdón por las todas expresiones homofóbicas que eventualmente hubiera tenido, y aseveró que nunca tuvo la intención de ofenderlos.

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Se trata de un gesto que lo honra, ciertamente… aunque no libera a la Iglesia del pernicioso efecto —el descrédito, el desprestigio, el abandono de muchos de sus fieles…— que en el pasado tuvieron muchos otros de índole muy diversa. Por ejemplo, el encubrimiento sistemático de los sacerdotes acusados de pedofilia, o el empecinamiento no sólo en negar conductas aberrantes como las de Marcial Maciel, sino de proponer al acusado como “modelo de virtud para los jóvenes”.

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-III-

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Hasta antes de que Benedicto XVI, en efecto, condenara a Maciel al retiro de sus funciones eclesiásticas, y de que Francisco estableciera —en la teoría, al menos— la norma de manejar esos asuntos con la severidad que corresponde a un delito que amerita pena corporal y no sólo con la relativa benevolencia que corresponde al pecado que se sanciona con penitencias simbólicas o punto menos, la Iglesia, a propósito de la homosexualidad, dio la sensación de preocuparse más por señalar con índice de fuego la paja en el ojo ajeno, que por extirpar la viga del propio.

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