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Viernes, 17 de Noviembre 2017

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- Apología

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La apología del delito, por medio de la música, no es privativa de compositores, intérpretes, cantautores… y, desde luego, “respetables públicos” mexicanos. Como botón de muestra, estos versos: “¿Oís en los campos el bramido / de aquellos feroces soldados? / Vienen hasta nuestros mismos brazos / a degollar a vuestros hijos y esposas. / ¡A las armas, ciudadanos! / ¡Formad vuestros batallones! / ¡Marchemos, marchemos! / ¡Que una sangre impura / abreve nuestros surcos!”…

Aun con el recuerdo punzante del ataque terrorista del jueves pasado en Niza, contra inocentes y pacíficos ciudadanos que celebraban su fiesta nacional, es improbable que los franceses, tras entonar esos versos de su himno nacional—… empuñen las armas, decididos a vengar, con sangre, la afrenta recién sufrida.

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El tema, en México, se vuelve tópico al difundirse la noticia de que el cantante Gerardo Ortiz Medina fue detenido en Guadalajara y puesto a disposición del agente del ministerio público, acusado, precisamente, de apología del delito… Se entiende como tal, según la legislación mexicana, “la exposición, ante una concurrencia de personas o por cualquier medio de difusión, de ideas o doctrinas que ensalcen el crimen o enaltezcan a su autor”. La misma legislación puntualiza que “La apología sólo será delictiva (…) si constituye una incitación directa a cometer un crimen”. Puesto que el cantante en cuestión se puso en la mira de las severísimas –¡oh, sí…!— autoridades porque algunas patrullas municipales de Zapopan participaron en la filmación de un video en que supuestamente un individuo engañado dispara contra su pareja y la mete aún viva a la cajuela de un automóvil que luego incendia, es previsible que la falta se penalice de manera simbólica… y –puesto que de música se trata— “tan-tan”.

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Como puede verse, nada esencialmente diferente a la confesión de “El Preso Número 9”: “Los maté, sí señor, / y si vuelvo a nacer, / los vuelvo a matar”. Nada que se salga de la línea de los “Narcocorridos” que forman parte, al decir de los sociólogos, de la “cultura popular” del mexicano. Nada que no esté íntimamente vinculado con expresiones igualmente “artísticas” como “Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, culebra ponzoñosa, desecho de la vida (…); maldita sanguijuela, maldita cucaracha…” y el resto de la florida letanía de Paquita la del Barrio, cuyo poder de convocatoria en ferias –las Fiestas de Octubre en la culta Guadalajara, por ejemplo— compite con la del inmarcesible Chente.

(Dicho lo cual, lector amable, abrimos un paréntesis en estas parrafadas, con la amenaza de cerrarlo dentro de ocho días… si Dios no lo remedia).

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