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Miércoles, 19 de Diciembre 2018

Ideas

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Diario de un espectador

Juan Palomar

Atmosféricas. Sigue la ciudad sus ritmos. Acompasados golpes de escobas antes de la primera claridad, pájaros que cantan a la luz que despunta y repiques de campanas inmutables, constantes. El rumor del tráfico va en aumento, las cotidianas prisas van tomando sus posiciones, ocupaciones y plazos se suceden y se cumplen. Como una música que encuentra su origen y su resolución en una miríada de pequeños actos, de movimientos a los que un aparente azar rige. Desde sus íntimos recintos el jardín entona su humilde, pero insustituible, cantata a los días que transcurren. Nuevas veredas se abren y el viejo jardinero considera su pertinencia, calcula su proporción. Una luna de esplendor y azoro colabora con el tránsito de los cambios, las savias alzan sus empeños, las guías de la enredadera buscan su oriente: infaliblemente lo hallan. 

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Patio de los más lejanos amaneceres, de los mediodías cuando el sol relumbra sobre las piedras pulidas por el correr de los siglos. Resuenan apenas hace un momento los cascos de las caballadas, los saludos alegres de quienes llegaban; y un silencio muy vasto desciende de la serranía que en este paraje encuentra su remate. La espadaña de la capilla, inexplicablemente más blanca a través de los años, yergue su tranquilo poderío e imparte un orden apacible, definitivo. El portón da la bienvenida, deja en su vano limpio entrar toda la perspectiva de los cerros ahora florecidos. Los galerones de los antiguos trabajos se sumergen en el continuado letargo de las décadas. Atrás queda el tráfago de las carretas, las voces de los arrieros, la justa medida de la balanza, la cuenta larga de las jornadas bien rendidas. De todo esto el patio da testimonio, y todo lo guarda. Un trazo que ondula a través de los arcos bien plantados concentra en su escritura las historias.

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Los pasos del niño que fue se han alargado. El zaguán, recorrido un día en las carreras del alborozo, es ahora cruzado de unas cuantas zancadas. Pero la maravilla dura. La inmersión en una luz que siempre es nueva convoca a una quieta comunión con las generaciones que por aquí han transitado. Con las que ahora pasan, con las que en un futuro de clemencia lo habrán de hacer. No es en balde el paso del tiempo, y el estrago de las estaciones deja allá o aquí su rastro. Pero el jardín, a pesar de los pesares, perdura y ofrece un ramo de bienaventuranzas a quien allí vuelve, a quien por primera vez lo considera. La enfilada de cuartos de justa proporción establece un orden preciso para los ventanales asomados a los cañaverales, al dibujo exacto de los volcanes. Las montañas juegan, con el aire cambiante, al misterioso juego de las aproximaciones, de la desaparición bajo el sol del mediodía, de los regresos nítidos mientras la oscuridad avanza por el valle. Contra el dibujo de sus cumbres, a la caída del día, la llama de la larga amistad arde. En las caras encendidas por la alegría de los niños puede leerse, entonces, la promesa de un anchuroso futuro.

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El prodigio fue descubierto antes que hubiera memoria. Un edificio intemporal remata una alameda de un verdor imbatible. Un torrente cumple sus oficios en medio de un fervor sin tregua: sin embargo, la plata de sus aguas refleja en su vértigo la precisa densidad del día. Adentro de la construcción, que se apresta inmutable a ver pasar el siglo, los antiguos ingenios que truecan en electricidad la velocidad del líquido, siguen presentando su vigente novedad. Ignotos marcadores, relucientes turbinas, aparatos monumentales que traducen la fuerza y la impulsan por redes lejanas. Las losas que cubren el suelo llevan y traen, como los signos de un alfabeto, las instrucciones para que el conjunto siga su marcha. La planta de luz es una comedida afirmación, bien avenida con su lugar, de la posibilidad del equilibrio y la gracia, de la respetuosa implantación del esfuerzo humano que logra hermanarse con los elementos naturales, con la  esencia más profunda de un sitio.

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Dos gargantas talladas en los pétreos paredones dejan caer sendas cascadas que dan cuenta de un largo transcurrir. El ámbito conforma una gran nave en la que oficia un silencio que intercala en milésimas de segundo su antigua jerarquía sobre el doble rugido de las caídas de agua. Entre grandes piedras, el río prosigue su viaje. Sobre el playón de arena muy fina los niños juegan, y la sombra de los muros mide las horas. La vereda que conduce a la nave se aferra a la ladera, y entre las frondas, muy abajo, relumbran las corrientes fluviales. En una improbable zoología, pareciera una vez más que los pájaros que por allí habitan no tuvieran parangón con los de cualquier otro lado. Cantos, silbidos, cuchicheos: llamadas permanentes a un mundo más alto, a una belleza más honda. Las higueras se sostienen milagrosamente de los cantiles, y una mansa población de bambús inclina sus ramajes como en acatamiento de la hora.

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Y vuelta. Las altas vidrieras del mirador hacen guiños a quienes regresan. Un lomerío sembrado de cañas mueve sus mareas al llamado del viento. El camino está puntuado por mezquites y guamúchiles, y queda nítido en la memoria el trecho exacto donde un salto de agua ofrecía todo su contento a quien por allí pasaba. Trasunto nunca ido de idas y regresos, de afanes que terminaron por levantar la casa que se adivina a lo lejos. Que, por inefables caminos, levantarían después, transfiguradas, las casas futuras.

De Jaime Gil de Biedma, un fragmento:

Lo primero, sin duda, es este ensanchamiento
de la respiración, casi angustioso.
Y la especial sonoridad del aire,
como una gran campana en el vacío,
acercándome olores
de jara de la sierra,
más perfumados por la lejanía,
y de tantos veranos juntos
de mi niñez
.

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